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La
Iglesia de San Antonio de
Padua
El Arte en Iglesias y
Conventos
Sus
orígenes están vinculados al convento
franciscano fundado en l596 junto a la Puerta de la
Macarena por Fray Buenaventura Calata Girona. En el
año l600 se trasladó definitivamente
a la calle de San Vicente a unas casas a las que se
añadieron las pertenecientes al Hospital de
San Pedro y San Pablo. Contó con
enfermería, estudio de teología y
noviciado. El pintor sevillano Diego de Silva
Velázquez realizó para el convento el
lienzo de la 'Imposición de la casulla de
San Ildefonso'. Durante la guerra de la
independencia fue convertido en cuartel. En l8l3,
regresan de nuevo los franciscanos, que permanecen
en dicho recinto hasta la desamortización
eclesiástica, que convierte la
mayorÍa de las dependencias del convento en
casa de vecinos. En el compás del convento
estuvo el taller de la fundición
Barbizón en el siglo XIX. En la actualidad
viven seis frailes. Está dotado de un
excelente Archivo Provincial de la Orden
franciscana. La iglesia fue obra del arquitecto
Diego López Bueno (l627), aunque tras su
muerte fue terminada por el maestro Andrés
de Oviedo en l650.
LA ARQUITECTURA
La portada de la nave de la Epístola data
del primer tercio del siglo XVII y obedece a los
principios de sencillez franciscana: estructura
adintelada con pilastras y frontón curvo con
estípites. En el paramento, un retablo
cerámico realizado en l948 por Enrique Orce
en cuyo centro está la imagen de San Antonio
y a ambos lados oraciones que ayudan a recuperar
los bienes perdidos. Sobre la nave central, se
disponen espadañas del siglo XVIII. Bajo la
mayor, un retablo de azulejo con la
aparición del Niño Jesús a San
Antonio. La espadaña más
pequeña tiene una campanilla que sirve para
convocar a los frailes a los oficios divinos. El
interior de la iglesia es de tres naves, divididas
en cuatro tramos, con crucero, presbiterio y coro a
los pies. La nave central se sostiene con arcos
fajones, apoyados en pilares con pilastras,
rematadas por bóvedas de cañón
con lunetos. El tránsito a las naves
laterales se hace por arcos de medio punto con
tribunas. El crucero se cubre con una cúpula
sobre pechinas con yeserías sin tambor ni
linterna. Las naves laterales con bóvedas
vaídas. Llaman nuestra atención las
policromadas pinturas murales rescatadas en la
capilla mayor y naves laterales del siglo
XVIII.
EL
RETABLO MAYOR. LA INTEGRACIÓN SOCIAL
FRANCISCANA
Procede del Convento de San Felipe de Neri
(l706). Fue diseñado por Bernardo
González y Mateo Bermudo. Consta de banco,
dos cuerpos con tres calles y el ático. Los
elementos de decoración son columnas
salomónicas, estípites y
ángeles atlantes. La estructura es de un
gran dinamismo con alabeo del entablamento. En el
ático un Crucificado del siglo XVII de tres
clavos. A sus lados, santos terciarios
franciscanos. En la calle central, la imagen de
vestir de Nuestra Señora de la Palma,
dolorosa sevillana de cedro con ojos de cristal y
pestañas postizas con dos lágrimas
que recorren sus mejillas. Candelero de ocho
listones y manos extendidas con pañuelo. La
advocación se relaciona con el Cantar de los
Cantares 'Parecido es tu talle a la palma', la
palma que San Gabriel le entrega a María
tres días antes de su muerte, su procedencia
de San Juan de la Palma, e incluso se vincula a la
inmortalidad. El Eclesiastés da a la palma
un sentido protector contra los embates del Diablo
o la muerte inesperada. Sobre ella, San Antonio de
Padua, talla de Felipe de Ribas (l642). Viste
hábito pardo ceñido con
cordón. El santo portugués (l23l)
acoge de forma cariñosa al Niño
Jesús en su regazo. Nos recuerda los altares
de San Antonio que el l3 de junio se llenan de
flores en muchos pueblos de Andalucía,
Hispanoamérica e Italia. El estofado es
magnífico, así como el dinamismo de
los paños. En las calles laterales,
agrupados en dos pisos, figuran San Francisco y
Santo Domingo, y Santa Coleta y San Benito de
Palermo. La primera es una terciaria franciscana,
que vive en el siglo XIV en un convento de clarisas
y cuyo atributo es una alondra. San Benito fue hijo
de esclavos africanos. Más tarde pastor,
labrador y anacoreta (l589). Viste hábito
pardo ceñido con el cordón. Ancha
tonsura y cabello corto y rizado propio de los
negros. En el lado del Evangelio descubrimos un
púlpito de mármol (siglo XVIII) con
esculturas de San Buenaventura y San Antonio.
LA HAGIOGRAFÍA
Esta iglesia conventual está llena de
ejemplos didácticos propios de la militancia
franciscana. En la nave de la Epístola los
altares de Santa Ana, San Francisco y San Juan
Evangelista. En el primero, fechado en el siglo
XVII, sorprende la iconografía medieval de
Santa Ana que porta a la Virgen con el Niño
Jesús. En las calles laterales, San Diego de
Alcalá y San Francisco (siglo XVII). Diego
de Alcalá fue un franciscano andaluz que
practicó la caridad con los pobres y
enfermos. Un altar neoclásico (siglo XIX)
cobija en el centro una escultura de San Francisco
y a sus lados San Sebastián del
círculo de Hita del Castillo y una imagen
moderna de la Virgen de Fátima. San
Sebastián se representa como un joven
imberbe con las manos atadas al tronco de un
árbol que tiene detrás, ofreciendo su
torso a las saetas del verdugo. En el retablo de
Nuestra Señora de los Ángeles (XVIII)
hay tallas de San José y San Luis Gonzaga en
las calles laterales y San Juan Evangelista en el
ático. A los pies de la iglesia, la
bellísima talla de San Juan Evangelista de
Luis Álvarez Duarte, de l972,
acompañado por los Santos Varones Nicodemo y
José de Arimatea. En el crucero de la
Epístola, un retablo con los santos
Expédito y San Nicolás de Bari
modernos. En la nave del Evangelio destacan la
capilla de San Antonio (siglo XVII) y el retablo de
San José y San Joaquín.
LA
ICONOGRAFÍA MARIANA
La iglesia conserva un amplio elenco de
advocaciones marianas. En la nave de la
Epístola, una Virgen de Guadalupe moderna,
una Inmaculada, y Nuestra Señora de los
Ángeles, escultura de vestir que preside un
retablo barroco (siglo XVIII). En la nave del
Evangelio, la Asunción y la Divina Pastora,
obras de José Montes de Oca según el
escultor Antonio Torrejón. Es una talla
sedente en tamaño natural tocada con
sombrero pastoril. El rostro inclinado hacia el
lado derecho y la disposición de las manos
recuerda su relieve de la Adoración de los
Magos de Cádiz. En la sacristía,
sobresale el busto de una Dolorosa de escuela
granadina.
LA ICONOGRAFíA DE CRISTO
Son numerosas las versiones de Cristo
Crucificado de tres clavos como el que preside el
ático del Retablo Mayor, el que se conserva
en la sacristía del siglo XVII, y el Cristo
del Buen Fin, obra de Sebastián
Rodríguez, titular de la Hermandad, fundada
por el gremio de curtidores en l590, al que se
dedicó un página en nuestro
Suplemento nº 19.
Todos los años en unión a mi
hermano José, nos deleitamos con su
discurrir procesional por las calles del barrio. Es
posible, además, contemplar un relieve de
Dios Padre y un lienzo del Cristo de la
Humildad.
Desde este rincón sevillano del barrio de
San Vicente enviamos un afectuoso recuerdo al
entusiasta presidente del Ateneo, Antonio
Hermosilla, fallecido hace unos días y cuyo
aliento aún está vivo en el
corazón de cuantos lo conocimos.
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La
sentida realidad de
Manuel de
Gracia
La pintura que
observé detenidamente en la madrileña
galería Ansorena es de las que denuncian el
'arte' fácil, el arte vulgar que respaldan
fortunas rápidamente adquiridas, el 'arte'
apresurado, que conduce a la deshonra de ser
pintor. Advierte también al verdadero amante
del arte, de la desconfianza que es preciso tener
respecto a los nuevos nombres, que no deben
más que a la publicidad su pobre
reputación pasajera.
Con su manera de hacer, Manuel de Gracia es
también de los pocos que siguen
resistiéndose a la terrible marea del mal
gusto, al amaneramiento, y al vértigo que
produce la pintura comercial.
Unos
cuantos toques, certeros y precisos, dados con
maestría, bastan para animar la luz y el
color, la distinción y la serenidad, la
elegancia toda que se apodera del conjunto. Todo,
envuelto en una suprema belleza.
La poesía de esta pintura que hemos
visto, es algo que no tiene nada que ver con la
literatura ni con todo eso que a veces se confunde
y envilece los conceptos. Esta dimensión
lírica de Manolo de Gracia es una medida de
la belleza a la que ha llegado por una misteriosa y
acaso sencillísima cercanía, una
cercanía a la que muchos no pueden llegar,
ni tampoco acercarse a la verdad que en ella
palpita.
Manuel de Gracia nos da en esta
exposición una completa lección.
Lección de vocación, plena, amorosa y
decidida por su oficio. Lección de
técnica depurada y progresiva.
Lección de sensibilidad. Intimismo de
sensibilidad que encuentra en su pintura el mejor
medio de manifestarse.
En cada uno de los aspectos formales de su
pintura encontramos las esenciales
características del maestro: luz y color.
Color que domina las formas, que vibra sobre la
materia. Luz y color en una vibrante realidad.
Origen, fuerza y fin. Claridad absoluta de
sentimiento.
La
pintura de Manuel de Gracia es un lenguaje, un
vehículo expresivo, un sutilísimo
medio de comunicación del artista con el
mundo que le rodea, con nosotros, consigo mismo. Lo
que ocurre es que todo lo expresado brota de la
pintura misma. En la pintura-que-no-es el mundo
exterior lo protagoniza todo, y la materia
coloreada no es más que un forzoso medio
efigiador. En la pintura-que-es continente y
contenido se completan irreversiblemente: cada
expresión se corresponde, y no sería
posible separarlas sin grave riesgo de deshacer lo
pintado. Cinco centímetros de 'Las Meninas'
será un pedazo de materia fabulosa, pero
'Las Meninas' son mucho más, infinitamente
más. Si aislamos un fragmento de cualquier
cuadro de Manuel de Gracia tendremos, claro que
sí, un pedazo de pintura pintada por un
pintor, pero no tendremos el paisaje. Esto es menos
obvio de lo que parece.
Tierras y cielos componen desde la pintura un
mundo veraz, un mundo creado por el pintor, un
mundo que debe toda su eficacia a su
expresión propia. La pintura ha asumido el
espíritu de la tierra y nos devuelve su
imagen humanizada ya, acentuada personalmente por
el artista, originalmente traducida, recreada.
Un sentimiento creacional informa estos cuadros
de brillante lenguaje y humanísimo sentido.
El paisaje ha trascendido su mismidad de mero
testimonio. Tampoco es vano ejercicio de
repetición. Cada cuadro es único,
porque su momento espiritual es único
también, y por eso tiene este pintor la
vitalidad y la juventud que tiene.
Por eso no hay amaneramiento en él. Por
eso, sin traicionar concepto creativo, puede
él evolucionar, avanzar, ser otro cada
día sin dejar de ser aquel que originalmente
era.
He aquí, como en el Cézanne de
L'Estaque, como en el Nolde de Marais, como en el
Bonnard de las playas de bajamar, sutilmente
citadas la sensibilidad pura y la clarísima
razón. Un artista como Manuel de Gracia es
de los pocos que pueden ofrecernos la
emoción del paisaje y su
racionalización más lúcida, y
por eso cito a otros pintores del mismo talante:
Nolde, Cézanne, Pierre Bonard.
Del mismo talante, pero con otros
propósitos. Paisajes, en una palabra, plenos
de sensibilidad, de unas tierras que son a la vez
silencio y misterio, luz y color.
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Juan Foronda:
"Sevilla es un oasisdentro del gran desierto del
mundo"
Desde que
allá por los años veinte el padre de
quien hoy es protagonista de nuestro relato crease
su propia empresa un pequeño taller con tan
sólo treinta metros cuadrados dedicado a la
confección de mantones hasta nuestros
días, la industria, el mundo empresarial,
las tendencias artísticas y los gustos
estéticos han sufrido numerosos cambios.
Tras finalizar sus estudios de bachillerato en la
que era entonces Escuela de Comercio, Juan Foronda
se inicia en el negocio familiar
convirtiéndose en único heredero de
un sello que en aquellos momentos empezaba a gozar
de un cierto prestigio en nuestra ciudad. Cincuenta
años dedicados al mantón y la
mantilla española avalan este negocio y a
este empresario, ambos fuertemente arraigados a las
costumbres y tradiciones que constituyen la vida
social y cultural sevillana.
Durante
los primeros años los talleres de bordados
se encontraban exclusivamente en algunos pueblos
del Aljarafe sevillano Villamanrique o
Aznalcóllar y los flecos sólo se
confeccionaban en una escuela taller de Cantillana.
Pero poco a poco van creciendo y surgen nuevos
talleres. "La confección de mantones es una
tarea puramente artesanal, pero llega a convertirse
en artística cuando se trata de un
diseño exclusivo". Durante la década
de los setenta China, principal productor mundial
de la seda, vuelve a confeccionar mantones y en
poco tiempo se adueña del mercado. La que
hasta entonces había sido una empresa
netamente andaluza comienza a exportar su producto
por todo el mundo. Juan Foronda se marcha decidido
a China, donde crea su propio taller y comienza a
introducir sus diseños. "Nuestro prestigio
se debe a haber sabido actualizar la fábrica
sin perder nunca nuestras raíces. Si no te
vas desarrollando día a día te quedas
atrás y entonces estás perdido. He
viajado por todo el mundo, he recorrido
España miles de veces y tengo buenas
relaciones en todo el país. Pero es, sin
duda, en Sevilla donde los mantones de Foronda son
más conocidos". Mantillas, mantones y flecos
eran confeccionados en los ratos libres por un
grupo de personas que durante todo el día
trabajaban en otros menesteres. "A pesar de todo,
nuestros precios seguían siendo muy
superiores a los chinos. Lo que allí
valía diez aquí costaba cien". Esta
fuerte competencia derivó consecuentemente
en un abaratamiento y el mantón se
convirtió, a partir de esos momentos, en una
prenda asequible para la clase media que empezaba a
disfrutar de ella. "El mantón resalta la
belleza de la mujer sevillana".
Siendo Filipinas colonia española, el
célebre galeón de Manila trae a
nuestro país el tradicional mantón.
Las mujeres españolas lo adaptan a nuestra
cultura y cambian los caracteres chinos caritas de
nácar, aves del paraíso, pagodas...
por caracteres españoles grandes rosas,
claveles, etc. . "Cualquier mujer puede lucir un
mantón siempre que sepa elegir. Cuando veo a
una mujer inmediatamente sé el mantón
que le va". El amor y la plena dedicación
que Juan Foronda ha prestado durante toda su vida
al mantón han sido heredados de su padre,
figura principal en su vida y que ha ejercido una
enorme influencia en su existencia y en su faceta
profesional. "El mantón es una alhaja. Para
mí la feria es un deleite porque durante
esos días compruebo los espléndidos
mantones que hay en Sevilla". Hoy la
tradición familiar se hace patente en esta
empresa donde encontramos trabajando a dos de sus
hijos. "Heredé de mi padre un pequeño
negocio y hoy me siento orgulloso al ver
cómo ha crecido".
Juan
Foronda, para quien "Sevilla es un oasis dentro del
gran desierto del mundo", se muestra como un
auténtico enamorado de nuestra ciudad y de
todo lo que en ella acontece. "Me gusta pasear por
Sevilla aunque no tengo todo el tiempo que quisiera
para hacerlo". A lo largo de su vida ha estado muy
vinculado al mundo de las hermandades, heredando de
su padre unas fuertes convicciones religiosas y ese
amor por las cofradías. Vinculación
no sólo personal, sino profesional, pues en
Semana Santa
la mantilla protagoniza parte de la vida social
sirviendo de adorno a la mujer sevillana. "En
Jueves Santo, Sevilla reluce como el sol. Es de
sabios rectificar y nuestras mujeres supieron
rectificar a tiempo y darle importancia a una
prenda tan netamente sevillana como es la mantilla
que adorna de esa forma tan divina a la mujer".
Juan Foronda vive durante todo el año con
intensidad el ambiente cofrade, hecho que le ha
propiciado una serie de conocimientos y numerosas
relaciones personales. "La Semana Santa en Sevilla,
donde siempre ha tenido gran protagonismo la
religiosidad popular, es la expresión
plástica de la vida interior de las
hermandades". Durante cinco años fue hermano
mayor de la hermandad del Buen Fin "el hermano
mayor debe ser como un padre para el resto de los
hermanos, corregir los fallos y ser el primero en
felicitar una buena obra" , ocupó la
vicepresidencia del Consejo General de Hermandades
y Cofradías y es también hermano de
La Cena, de la Virgen del Pilar hermandad de gloria
de San Pedro y de Montserrat, a la que está
muy ligada su mujer. A través de la
hermandad del Buen Fin Juan Foronda, junto a otros
hermanos y siguiendo el proyecto del
neurólogo Sebastián Barrera, fundaron
el Centro de Estimulación Precoz, donde
ejerce como director desde hace algo más de
tres años. "Soy un cristiano activo, por eso
siempre participo en labores sociales". En sus
inicios trabajaban en la Sala Capitular de la
hermandad hasta que accedieron a un centro propio
donde en la actualidad un equipo de profesionales,
formado por psicólogos y médicos
especializados, trabaja con sesenta niños.
"Aunque el fin prioritario de las hermandades sea
dar culto externo a Dios, pues para eso se formaron
en los tiempos de la Contrarreforma, la labor
social es elemental. Si queremos que el culto sea
completo, tiene que existir una caridad. En la
hermandad del Buen Fin también ayudamos a
las familias necesitadas de la feligresía y
a las monjas de clausura, sobre todo, a las del
barrio de San Lorenzo". Además de participar
de forma activa en el mundo cofrade y en las
labores sociales de las hermandades, Juan Foronda
dedica su tiempo a la lectura relacionada
principalmente con temas sevillanos; la
música clásica y las marchas
procesionales; al arte, de ahí que entre los
objetos que forman parte de la exquisita
decoración de su casa encontremos piezas de
enorme valor artístico. Un relieve de marfil
que representa el Descendimiento de Cristo,
perteneciente a la escuela holandesa de la
época de Felipe II (1575); varios cuadros
holandeses de los siglos XVII y XVIII; un Cristo
crucificado de marfil, que se encuentra sobre la
cabecera de su cama; una Virgen gótica de
alabastro; un juego de candelabros de estilo
barroco; y una Inmaculada de la escuela sevillana
del siglo XVII. Todas estas piezas producen un
efecto singular en casa de Juan Foronda y fueron
adquiridas por este empresario, antes de contraer
matrimonio, en Andrés 'El Moro', uno de los
mejores anticuarios sevillanos. "Cuando entraba en
su casa me maravillaba contemplar tantas obras de
arte. Y en ocasiones, dentro de mis posibilidades
económicas, adquiría aquello que
más me gustaba". Pero, sobre todo, a su
familia que le produce una enorme
satisfacción. "Me encanta desayunar en casa
con mi mujer y mis hijos. Tengo una mujer estupenda
y cuatro maravillosos hijos. Soy un hombre feliz,
me siento orgulloso de mi familia y de tener un
negocio vivo y en continuo crecimiento". Felicidad
y orgullo que transmite su rostro sereno y maduro,
del mismo modo que el buen hacer y el buen gusto
han marcado su existencia como empresario afamado y
de prestigio pero, ante todo, como ser humano.
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Hospital
de la
Sangre
No
de los espacios más desconocidos por los
sevillanos, pero no por ello menos transitado es el
Hospital de la Sangre, actual Parlamento de
Andalucia. Ubicado entre las murallas
árabes, la Basílica de la Macarena y
el Hospital Universitario, son pocos los que se
acercan a contemplar la lección manierista
del saber hacer de sus fachadas, torres e iglesia.
Los que se adentran en él podrán
comprobar lo que digo. Luis de Peraza en su
'Historia de Sevilla' (siglo XVI) refiere que el
Hospital de la Sangre fue fundado por la
magnífica señora doña Catalina
de Rivera, madre del ilustre Don Fadrique
Enríquez de Rivera, marqués de Tarifa
y Adelantado de Andalucía y que "en
él son curadas solamente las mujeres de
cualquier enfermedad, sacada la de las bubas. Hay
cada año en él un jubileo, a culpa y
a pena, desde la víspera de San Gregorio
hasta otro día puesto el sol".
La portada que hoy nos ocupa tiene un exquisito
diseño. En su primer cuerpo se disponen
cuatro columnas dóricas, que enmarcan un
vano de medio punto, y soportan un entablamento con
triglifos y metopas; detalles que se toman del
clasicismo griego. En las enjutas y sobre la clave
del arco, se sitúan tres relieves de las
virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad,
ejecutadas por Juan Bautista Vázquez, en
l564. La iconografía de la Fe la representa
como una joven mujer, armada con alas, sol en el
pecho, lanza en la mano derecha y en la izquierda y
una corona de laurel. Lleva los ojos vendados.
Otras veces aparece sedente con la cruz en una
mano, y el cáliz en la otra. La Esperanza
está ejemplificada en una mujer joven con
ancla marinera a un lado y la palma en la otra
mano. La norma esencial de la vida del cristiano es
La Caridad. Al igual que las anteriores adopta
forma femenina. En esta ocasión como Tellus
en el Ara Pacis lleva niños en su regazo. En
otras ocasiones, una lámpara, y una llama
que asciende hacia arriba. El profesor Santiago
Sebastián considera que la Caridad Romana
está inspirada en composiciones
miguelangelescas por su desnudo mórbido y el
suave modo de plegar las telas. Juan Bautista
Vázquez será el propagador del estilo
naturalista, idealizado con rasgos manieristas,
tomados de Berruguete pero a diferencia de su
maestro, mantenidos dentro de un equilibrio formal.
En Sevilla nos dejó algunas escenas del
retablo mayor de la Catedral de Sevilla, la Cartuja
de las Cuevas y la iglesia de Santa María de
Carmona. El mensaje es acertado, pues tiene plena
validez en su época y en la nuestra, en su
función sanitaria y en su quehacer
político.
En el segundo cuerpo, hay dos parejas de
columnas con capitel jónico, y hornacinas
semicírculares, que soportan un
frontón triangular recto con jarrones. Todo
el espacio se articula en dos plantas, enmarcadas
por pilastras y columnas de orden toscano donde se
combinan hábilmente hojas de acanto y
volutas. En el piso alto, los vanos rectangulares
van flanqueados por balaustres, y coronados por
frontones con pináculos. Se trata de un
hospital fundado en l500 por doña Catalina
de Ribera, en unas casas de la calle Santiago. En
l540, por decisión testamentaria de don
Fadrique Enríquez de Ribera se procede a
celebrar un concurso entre arquitectos para la
construcción de un nuevo edificio cerca de
la Puerta de la Macarena. Sus trazas fueron obra de
Martín de Gainza y Hernán Ruiz
Simetría, orden y proporción
organizan un espacio donde se mezclan sutilmente
las teorías de Alberti, la herencia de Roma
en el aparejo de los sillares y la
decoración del mundo griego. En esta
portada, Hernán Ruiz 'el Joven' expone su
deseo de perfección clasicista donde
demuestra que ha aprendido el lenguaje del
Manierismo a través de Serlio. Lo aprendido
aquí le permitió culminar con acierto
el campanario y remate que se añadió
a la Giralda (l568). Este afán verticalista
no es barroco, es un impulso goticista que lleva en
su interior el Manierismo. Una sabia
combinación del carácter
didáctico y moral de la España
renacentista y la herencia del clasicismo romano.
Una obra digna de una época en la que
Sevilla fue por derecho capital del mundo.
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