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Insufrible
Navidad
Alejandro HERNÁNDEZ
Ramírez
Me dirán ustedes que soy muy negativo y que no
sé apreciar unas buenas vacaciones, pero, y esto no
me lo pueden negar, lo cierto es que somos muchos los que
cada año nos gusta menos la Navidad, sobre todo si no
podemos disfrutar de esos días de descanso.
Me contaron un día que la Navidad, cuya fecha no
coincide con el nacimiento de Jesucristo, la
estableció la Iglesia precisamente a finales del mes
de diciembre porque era la época del año en
que se contabilizaban más suicidios. No sé si
es cierto, pero lo que sí está claro es que
son unas fechas deprimentes.
Y si no, díganme si no es deprimente, por ejemplo,
querer comprarse un buen jamón de bellota, de esos
que levantan también el espíritu, y no tener
ni para una loncha de chopped con caña. O pensar en
ese juguete tan educativo y didáctico que le
vendría de perlas al peque y mirarse el bolsillo,
sacar la tarjeta, ir al cajero y recibir el odioso mensaje
de "saldo negativo" o "saldo insuficiente". Qué decir
de ese para colmo maravilloso viaje a las profundidades del
hipermercado y vislumbrar a lo lejos unas estupendas cigalas
frescas que quedarían de lujo sobre ese mantel de
hilo, justo el último que queda en condiciones del
famoso ajuar, pero tras ver el más que prohibitivo
precio hay que decidirse por la bandeja de congelados para
la paella. Si esto no es deprimente, que venga Freud y lo
analice.
Alguno dirá que son situaciones exageradas de un
deprimido columnista por obligación, pero les aseguro
que son más habituales de lo que piensan. Me
atrevería a decir que son las más comunes.
Pero bueno, hay quien saca fuerzas de donde no las hay y
siempre ve la botella medio llena.
Sé que las actitudes positivas siempre ayudan a
llevar la vida de forma más alegre, pero uno no
puede, por ejemplo, con el eterno y anual "Vuelve, a casa,
vuelve" que para más inri este año lo canta la
empalagosa y monárquica Paloma San Basilio,
más aún cuando uno ha tenido que estar
más de una Navidad fuera de casa, como
aquélla, la peor, en que me tocó guardia en
Capitanía de San Fernando; ni me la recuerdes.
En definitiva, que no. Que ya está bien de tanto
consumismo y tanto gasto ilógico. Que si alguien
tiene ganas de divertirse que lo haga cuando esas cigalas
estén más baratas, que suele ser en los
mejores momentos para pescarlas. Que regale el juguete
cuando el peque más lo disfrute y no cuando tiene dos
mil, por poner, para elegir. Y, por supuesto, que se compre
el jamón cuando tenga algo más de dinero y
aproveche para hacer un viajecito a la sierra de Huelva y de
camino comer en Casa Javier un buen y auténtico lomo
serrano.
P.D.: Si es usted una persona agraciada, sobre todo
económicamente, y puede llegar a disfrutar estos
días en Sierra Nevada, acuérdese de los que
nos quedamos en casa, sin nieve, sin cigalas, sin juguetes,
sin jamón y sin ganas de Navidad. Que si usted acaba
acordándose de nosotros, nosotros seremos capaces de
abrir dos o tres cajas de buen cava, para bebérnosla
por supuesto, comernos un par de kilos de jamón
blanco que nos van a saber a gloria y saborear esa
magnífica carne mechada que mamá siempre sabe
hacer que sepa a la mejor ternera gallega con tan
sólo ponerle su amor, su cariño y una
estupenda salsa de zanahorias que aún no he logrado
conseguir.
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